Cuando al nacer respire Gracias a ti no entendí Porque mi corazón Se achicaba al separarse de ti Mamá al pasar los años Sin terminar aún voy Comprendiendo Porque este amor Mamá me diste la vida Hiciste mi ser Forjaste mi alma Y a pesar te quiero mamá con el corazón Pues tú representas en la tierra a mi Dios
Cierto día de eso hace veinte años, en una isla llamada ROCOMATO, en las horas de la madrugada, salió un viejo pescador a sus quehaceres cotidianos; salió más temprano que de costumbre (tres de la madrugada), se arrimó a un lugar diferente al cual él solía pescar ,tiró su atarraya, cuando en esos momentos…,escucha el sonar de una campanas; para él era muyextraño porque por esos lados no había iglesia, no obstante siguió en lo suyo en su pesca, pues para él era de gran importancia pescar mucho ese día ya que tenía contrato con unos revendedores de pescado y había que hacer una entrega muy grande de pescados.
En su afán por pescar mucho no se percato de que se encontraba debajo de la “gran peña encantada”, sobre la cual sus antepasados tejían muchas historias, su abuelo le decía que: “adentro de la peña ,de esa “gran peña encantada”, existía una gran ciudad” ,pero él no creía mucho esa historia que le contaba su abuelo, ve , es quela “gran peña encantada “se abre por la mitad,y tal fue su asombro que trato de huir de aquel lugar pero…, todo estaba quieto su canoa por más que él trataba y trataba de moverla , esta …, la canoa estaba tan quieta ,pero tan tranquila como un lirón. De pronto…, salen luces por todas partes ve que de repente ve mucha gente,una cantidad de personas que salieron de la nada, las escucha como hablan y ríen y como lo invitan a entrar. Cuando él estaba a punto de entrar a aquella ciudad tan llena de luces que imantaba paz y tranquilidad…, siente que una mano lo hala impidiendo que quede atrapado para siempre en aquella ciudad; reacciona y se queda perplejo mirando como aparece el espíritu de su abueloque le habla diciendo: “Ve este muchacho, dite de ahí, no taisviendo que por ponetede agalludo te ibas a quera encerrao en eje mundo de ambición que engaña a todos con espejismos de paz y tranquiridad”. “Eso es pa’ que veas que la ambijion rompe el saco y por ponete de agalludo te iban a roba el alma.”
Agustina tenia ocho años, dos enormes ojos negros y e l pelo bien largo. Era flaquita, flaquita pero no tanto como un tallarín. Le gustaba jugar con sus hermanos a las escondidas por todo la casa, tomar leche chocolateada con galletas y hacerse colitas, trenzas y moñonas con hebillas de colores. Era muy curiosa y siempre hacia preguntas. Le encantaba charlar y aclarar dudas, pero hay algo que Agustina hacia muy poco: reírse.
Tenía que pasar algo demasiado cómico para que su boca dibujara sonrisas enormes y dejara escapar carcajadas contagiosas. Agustina disfrutaba jugar con sus amigos y pasear con su familia, aunque era mucho más difícil darse cuenta mirándole la cara. Mucho más difícil era descubrir cuando estaba triste y cuales eran las cosas que más le molestaban. Sus ojos negros se empañaban enseguida o se ponían más brillantes que de costumbre. Una mañana lluviosa, Agustina estaba en la escuela como todas las mañanas. Los niños inventaban cuentos y escribían, mientras charlaban un poco y comentaban todo lo que iban a jugar cuando llegara la hora del recreo. De repente, la lluvia se convirtió en tormenta, las gotas en gotones y los truenos cada vez más fuertes. Los chicos seguían trabajando y pensando historias, pero para algunos la caída del agua era más potente que su concentración. En eso, Santiago exclamó: llueve a carcajadas, a muchos les causó gracia su comentario.
Agustina dejó de escribir casi sin darse cuenta, y se quedó pensando: nunca se le hubiera ocurrido lo mismo que a Sentí. Ella mas bien podría haber dicho que lluvia a moco tendido o que las gotas caían desesperadamente…pero a carcajadas. Que idea tan nueva, tan distinta.
De repente, una sonrisa empezó a dibujarse en su cara, fue creciendo tímidamente, hasta transformarse en incontenibles carcajadas de esas que contagian a cualquiera…
Un fin de semana quedó de verse con Santiago para ir de compra. Salieron el fin de semana a comprar pero al pasar por un almacén vieron una muñeca, Agustina pensó que era una que ella siempre había anhelado tener, pero no.
Buscaron en cada unos de los almacenes, pero las que veían no cumplían los requisitos que Agustina quería que tuviera la muñeca. Estaba tan cansada de buscar que se distrajo en otras cosas. Un poco resignada miró hacia la vitrina, y ¿qué creen? Si ahí estaba la muñeca, la muñeca de sus sueños. Fue tanta la emoción que comenzó a saltar una y otra vez. Todo en Agustina era alegría y corrió a darle un fuerte abrazo a Santiago.
Entonces cerró los ojos, lo tomó por la cintura y cuando los abrió para abrazarlo ¡oh! Descubrió con pena que a quien había rodeado con sus brazos no era Santiago, sino un señor que también estaba mirando la vitrina. Eso también hizo reír a Santiago y a Agustina a carcajadas. Así fue como Santiago sin proponérselo le enseñó a Agustina a reírse de lo lindo.